La culpa – la mochila pesada del pasado

La culpa se siente en el el cuerpo como una contracción, nos notamos más pesados, la cabeza se baja, la espalda se curva. Se dice, no sin motivo, que alguien está “cargando con la culpa”, porque es como si llevara un peso en la espalda. Puede ser acompañada de ansiedad y depresión.

 

Sentir la culpa suele ser una vivencia desagradable, por eso la evitamos justificandonos, o anastesiandonos de alguna forma. Recuerdo a una persona que venía a la terapia para la aumentar la autoestima que desarrolló un gran sentido de culpa por no haber podido atender a sus hijos cuando eran pequeños, y luego la ahogaba en grandes cantidades de alcohol y encuentros sexuales con prostitutas. Por supuesto estas formas de anestesiar sólo funcionan durante poco rato, y luego la culpa reaparece, normalmente con más fuerza. Así que la gestión emocional de la culpa no pasa por rechazarla sino por dejárnosla sentir directamente.

 

 

La culpa nos sitúa en el pasado: sobre los eventos o hechos que no son posibles de cambiar. Puede suponer un gran desgaste de energía hasta el punto de quedarnos inmovilizados. La energía que podría ser aprovechada para afrontar nuestro presente, es invertida en los pensamientos sobre el pasado. Y esto, aunque puede verse como algo negativo, crea también un beneficio: frente al miedo a actuar en el presente, me inmovilizo y me refugio en el pasado. Eso lleva a un círculo vicioso, y la persona puede sentirse muy perdida y ansiosa. En este caso un terapeuta puede ayudar mucho para salir del bloqueo. 

 

 

Las personas que vienen en busca de la terapia para la culpa ven en seguida que esta emoción es muy cercana a la rabia. Cuando alguien nos culpa de algo, sentimos culpa “rabiosa”, que gestionamos atacando a nosotros mismos o al otro. También es cercana a la tristeza, a la melancolía por ser un sentimiento conectado con el pasado. Puede construir una base para desarrollar una actitud victimista y afectar negativamente a la autoestima: “Yo todo lo hago mal”, “No valgo nada”. Por eso las personas con la autoestima baja suelen caer fácilmente en las garras de la culpa, y al revés: los pensamientos negativos creados por la culpa impiden aumentar la autoestima. Si te apetece profundizar más en el tema de subir la autoestima, te invito que leas este artículo: Nutrir a tu ser con las vitaminas de la autoestima.

 

 

Según la Terapia Gestalt, la culpa tiene que ver con algunas normas según las que nos orientamos y construimos nuestro mundo particular. Si por ejemplo mi norma es: “No debo molestar a los demás con mis problemas”, cuando me abro al otro siguiendo mi impulso y le explico mi problemas, a lo mejor ni me percato de la sensación agradable de compartir con alguien algo de mi vida, sino en seguida sentiré culpa por haber “violado” esta norma pensando por ejemplo: “Pobrecito, él ya tiene suficiente con lo suyo!”. Otro ejemplo: si tengo una norma de “sólo debo sentirme atraída hacia mi marido”. Si en algún momento aparece otra persona que moviliza mi erotismo, probablemente me sentiré culpable. Aparece un “no deberías sentir esto”, “eres mala”, etc. 

 

Las normas según las que nos guiamos (en la Terapia Gestalt las llamamos introyectos), en si mismas no son ni buenas ni malas, simplemente son relativas, y no absolutas. Muchas veces fueron aprendidas en la infancia, en el periodo cuando lo absorbíamos todo sin cuestionar. “Las estrellas” dentro de los mandatos que desencadenan la culpa es “Debo ser perfecto”, “Debo ser el mejor”, “Debo atender primero a los demás”, “Debo complacer a los demás”. También tienen que ver con una baja autoestima, y con un posible miedo a abandono de fondo. En la Terapia Gestalt hacemos conscientes estos mandatos y los revisamos haciendo preguntas: “Porqué crees que esta norma es justa?”, “Obligarías a los demás que la cumplieran?”. De esta manera podemos empezar a cuestionarlas y empezar a sustituirlas por otras, más flexibles y menos limitantes. 

 

La culpa tiene que ver con nuestra parte muy humana: la de errar. Como seres humanos nos equivocamos, y mucho. Hay personas que tienen mucha exigencia respecto a ellas mismas de no cometer errores, y si los cometen se sienten muy culpables creyendo que deberían ser perfectas. Si te resuena el tema del perfeccionismo, este artículo puede ayudarte a superarlo: Perfeccionismo que te separa del amor. 

 

Cuando nos sentimos culpables respecto alguna situación, ayuda hacernos preguntas: “Podía haber controlado la situación? Estaba en mis manos?” “Podía realmente haber actuado de otra manera?” Si realmente cometimos un error, podemos empezar el proceso de responsabilizarnos. La función sana de la culpa es la responsabilidad. Es posible que hicimos daño a alguien, y tenemos que responsabilizarnos de esta capacidad de hacer daño a los demás. Eso nos lleva a intentar reparar los daños, si es posible. Pedir perdón es igual de humano que errar. 

El equivocarse forma parte de los aprendizajes. Desde la responsabilidad podemos evaluar nuestros comportamientos, y no a nuestra persona en su totalidad – hay una diferencia diametral en reconocer: “Me he equivocado” que “Soy una mala persona porque he hecho esto”. En la responsabilidad nos sentimos abrazados por nosotros mismos, y también podemos desde allí abrazar a los demás, incluyendo las imperfecciones propias y ajenas. 

 

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Escrito por Asia Drozd

Terapeuta Gestalt y terapeuta de parejas
Autoestima, ansiedad y relaciones

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