Campo de la batalla – sobre las luchas de poder en la pareja

terapia-pareja-barcelonaLa rivalidad

Desde pequeños nos enfrentamos al mundo competitivo. Ya en nuestras casas natales aparece una rivalidad entre hermanos por afectos de los padres. También si venimos de un hogar donde nuestros padres se relacionaban mediante una lucha de poder, donde uno intentaba imponerse sobre el otro, es muy posible que queramos repetir el mismo patrón en nuestra relación de adultos. Más tarde en la escuela nos enseñan, que tenemos que ganar ante todo, ser mejores que los demás. Pocas veces se enseña una competividad “sana” donde cada uno potencia al otro, sirve como inspiración para otro y le ayuda a crecer.

No me bajaré del burro

Motivos de luchas de poder pueden ser muchos: la educación de los hijos, relación con la familia de origen, tareas en casa, trabajo… en fin mil y un causas para poder luchar e intentar demostrar al otro que lo hace peor que yo, que las cosas deben hacerse a mi manera y no la suya, o que es peor que yo. A veces estas peleas no llevan a ningún final, y puede ser imposible desenredar lo enredado, porque nadie quiere “bajarse del burro”, ya que esto significaría una derrota. Los dos quieren demostrar al otro que tienen razón, cosa que es imposible, porque la pareja – “el opositor” quiere exactamente lo mismo.

Podemos observar en la terapia de pareja, que en las luchas normalmente nos tapamos los oídos y los ojos, no escuchamos y nos cerramos al otro. Sin embargo, la base de toda la relación de pareja es el respeto y saber escuchar forma parte de respeto.

Los nuncas y los siempres

Con una pelea es fácil que vayan saliendo asuntos pendientes del pasado, y la conversación se convierte en un intercambio de reproches: “Porque tu nunca…” “Es que tu siempre….”. Las palabras “nunca” o “siempre” tienen un poder de dar un valor absoluto a lo que decimos, y se convierten en verdaderas armas lingüísticas, utilizadas para vencer al otro. Lo que suele pasar que el otro saca sus mejores armas también y nos acusa de otra cosa. Creo que nadie se plantea en estos momentos, que es difícil que alguien haga algo “siempre” o “nunca”. En la Terapia Gestalt aconsejamos cambiar las palabras “nunca” y “siempre”  por “Tu a veces…”, o “Esta vez…”, y así darle un significado más ajustado a la realidad.

Quién gana realmente?

En esta lucha por tener razón, por intentar demostrar que nuestro punto de vista vale más que el de otro, pueden haber ganadores? Qué significaría ganar? La verdad es que no lo sé. Lo que creo es que la pareja, entendida como un sistema que funciona bien cuando se basa en el equilibrio e igualdad, muy difícilmente puede ganar. Pero tenemos una ilusión que si ganamos, nos sentiremos bien, nuestra autoestima subirá y nuestro “yo” se fortalecerá. Y la verdad es que todos queremos individualizarnos, reafirmarnos… Y esta puede ser la intención positiva de una lucha de poder. Sin embargo, la manera de satisfacer este deseo de reafirmación puede llegar a ser destructiva, tanto para el individuo como para la pareja. Aquí la pregunta sería: Cómo puedo reafirmarme de otra manera?

También es verdad que las peleas enganchan. Hay parejas totalmente enganchadas al ciclo pelea – reconciliación, y sin el chute de adrenalina durante las batallas, seguido por otro chute de endorfinas durante hacer las paces, no pueden funcionar! Mediante la pelea, se mantiene “el fuego” en la relación. Hay un intercambio, aunque sea negativo, pero hay y esto es lo que mantiene la relación viva. Ardiendo a veces, a punto de quemarse a ratos, pero viva.

Bajar las armas

Rendirse requiere madurez. No tiene nada que ver con darle la razón al otro, como si fuera loco: “Si si, claro, tienes razón”, con una sonrisa irónica. Tampoco es lo mismo que la sumisión, donde yo me anulo completamente. Y no es una huida del conflicto, donde me escondo para no enfrentarlo. Rendirse es bajar las armas en el nombre de la pareja, en el nombre de la intimidad, en el nombre de amor. Requiere salir de nuestro yo egocéntrico. Requiere la sabiduría de cortar el círculo vicioso. La rendición no tiene sabor amargo de una derrota, porque sabemos que beneficiamos la relación y es ella quien gana.

Podemos hacerlo? O es más importante quién tiene razón?

 

 

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