La culpa – la mochila pesada del pasado

culpa-terapia-gestaltLa culpa es un sentimiento con un gran componente cognitivo. En el cuerpo se siente como una contracción, nuestro cuerpo se siente más pesado, la cabeza se baja, la espalda se curva. Se dice, no sin motivo, que alguién está “cargando con la culpa”, como si llevara un peso en la espalda. Puede ser acompañada o desencadenarse en la ansiedad y depresión.

La culpa nos situa en el pasado: sobre los eventos o hechos que no son posibles de cambiar. Puede suponer un gran desgaste de energía hasta el punto de quedarnos inmovilizados. La energía que podría ser aprovechada para afrontar nuestro presente, es invertida en los pensamientos sobre el pasado. Y esto, aunque puede verse como algo negativo, crea también un beneficio, por ejemplo: Frente al miedo a mi presente, me inmovilizo y me refugio en el pasado. Es más fácil esto que empezar a actuar en el presente, así que efectivamente gano algo: cuido mi miedo de actuar en el presente.

He observado, que la culpa es muy cercana a la rabia. Cuando alguién nos culpa de algo, sentimos culpa “rabiosa”, que muchas veces gestionamos atacando al otro. También es carcana a la tristeza, a la melancolía por ser un sentimiento conectado con el pasado. Puede irse desarrollando en una actitud victimista: “Yo todo lo hago mal”, “No valgo nada”.

Según la Terapia Gestalt, la culpa tiene que ver con algunas normas según las que nos orientamos y construimos nuestro mundo particular. Si por ejemplo mi norma es: “No debo molestar a los demás con mis problemas”, cuando me abro al otro siguiendo mi impulso y le explico mi problemas, a lo mejor ni me percato de la sensación agradable de compartir con alguién algo de mi vida, sino en seguida sentiré culpa por haber “violado” esta norma pensando por ejemplo: “Pobrecito, él ya tiene suficiente con lo suyo!”. Otro ejemplo: tengo una norma de “sólo debo sentirme atraida hacia mi marido”. Si en algún momento aparece otra persona que moviliza mi erotismo, probablemente me sentiré culpable. Aparece un “no deberías sentir esto”, “eres mala”,etc.

Muchas veces en la vida las necesidades de otros no coinciden con las nuestras. Por ejemplo, mi madre quiere que la visite en verano, y mis padres viven muy lejos del mar. A mi me gusta descansar cerca del mar en verano. Hay dos necesidades que son diferentes y no compatibles – la mía y la de mi madre. La de mi madre es compartir el tiempo con su hija en verano. La mía es: descansar cerca del mar en verano. Puede que me sienta culpable si no voy a visitarla, porque tengo una norma de “debería” satisfacer las necesidades de mi madre antes que las mías. Puede que la culpa me lleve a ir a visitarla, ignorando mi propia necesidad, lo cual me puede llevar a un sentimiento de insatisfacción y rabia. Si tomo conciencia de mi propia necesidad, quizás puedo encontrar una forma de expresarla ante mi madre: “Necesito descansar cerca del mar en verano. Prefiero visitaros en otro momento”. Aqui me estoy haciendo responsable de lo que quiero en este momento, y lo actúo.

Las normas según las que nos guiamos (en la Terapia Gestalt las llamamos introyectos), no son ni buenas ni malas, simplemente son relativas, y no absolutas, y muchas veces aprendidas en la infancia. “Las estrellas” dentro de los mandatos que desencadenan la culpa es “Debo ser perfecto”, “Debo ser el mejor”, “Debo atender primero a los demás”, “Debo complacer a los demás”. También tienen que ver con una baja autoestima, y con un posible miedo a abandono de fondo. En la Terapia Gestalt hacemos conscientes estos mandatos y los revisamos haciendo por ejemplo preguntas: “Porqué crees que esta norma es justa?”, “Obligarías a los demás que la cumplieran?”

También cuando nos sentimos culpables respecto alguna situación, ayuda hacernos preguntas: “Podía haber controlado la situación? Estaba en mis manos?” “Podías realmente haber actuado de otra manera?” Si realmente cometimos un error, podemos empezar el proceso de responsabilizarnos. La culpa en su forma sana puede promover la responsabilidad, nos permite tomar conciencia de nuestros errores, y, si es posible, reparar los daños. Todos nos equivocamos, no somos perfectos y la responsabilidad nos permite reconocer que no somos omnipotentes. El equivocarse forma parte del aprendizaje. La responsabilidad nos permite evaluar los comportamientos, y no a nuestra persona – hay una diferencia en decir: “Me he equivocado” que “Soy una mala persona”. En la responsabilidad nos sentimos abrazados por nosotros mismos, y también podemos desde allí abrazar a los demás, incluyendo las imperfecciones propias y ajenas.

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