Nuestra Familia Interna

familia-interna-terpia-gestaltLas relaciones importantes que hemos tenido en nuestro pasado, nos pueden marcar para toda la vida sin darnos cuenta. De alguna forma las internalizamos, aceptando un modelo de relación, y de esta forma se convierten en nuestras “partes” o “personajes”. Cada una de estas partes tiene sus propias creencias, emociones, sentimientos y motivaciones.  La terapia Gestalt habla de estos roles extremos llamándoles “polaridades”. R. Schwartz propone término de “familia interna”, porque estas partes nuestras tienen relaciones entre sí, como si se tratara de una verdadera familia: a veces hay amor, a veces hay dolor, a veces hay resentimiento, a veces hay peleas y a ratos hay paz… todo un abanico de posibilidades relacionales que tejen nuestro mundo interior. Si nos llevamos bien con alguna parte nuestra, la vida fluye y no hay ningún problema. La dificultad y tensión puede aparecer cuando por alguna razón nos llevamos mal con alguna. El autor del libro de “Internal Family Sistem” R. Schwartz lo describe de esta manera:

“La manera según la cual nos relacionamos con algún pensamiento o emoción problemáticos no solo no logra controlarlo sino que, además, llega a formar parte de nuestros problemas. El monje budista Thich Nhat Hanh lo planteaba de la siguiente manera: “Si nos enfadamos con nuestra ira, tendremos al mismo tiempo dos iras que enfrentar”. Esta idea quedará mejor ilustrada mediante una analogía con las relaciones humanas. Considere a su ira como si se tratara de uno de sus hijos. Suponga que usted tiene un hijo a quien no logra controlar- digamos que tiene berrinches todas las noches. Esto ya sería lo suficientemente molesto, cansado pero supongamos, además, que debido a estos berrinches que la ponen frenética, usted ha optado por criticarlo permanentemente y a mantenerlo encerrado en su habitación por temor a que la abochorne ante los demás. Usted se queda en casa los fines de semana para cerciorarse de que él no se escape y pudieran, en consecuencia, pensar que usted es un pésimo progenitor por la conducta de él. Suponga que cada una de las reacciones suyas sólo ha determinado que sus rabietas sean cada vez peores ya que él intuye que usted querría librarse de él. Así, el problema acabará consumiendo su vida por la manera que tiene usted de relacionarse con su hijo. Lo mismo es válido para nuestras emociones extremas y para nuestras creencias irracionales y extremas – las mismas ya son de por sí difíciles, pero el problema se exacerba a menudo por la manera que tenemos de abordarlas, determinando que nuestras vidas se vuelvan algo o bastante miserables.”

Estas partes nuestras que nos cuesta reconocer y aceptar, conviven junto con las partes que aceptamos. Así que ellas en si mismas no son un problema, el problema está en como nos relacionamos con ellas. “Al igual que sucede con las personas difíciles que hay en nuestra familia o en nuestro entorno laboral, la diferencia estribará en la medida en que nos  sintamos afectados y en cómo interactuemos con ellos. Considere qué es lo que siente usted respecto de sus propios y diversos pensamientos y emociones. Es probable que le agrade esa voz interna suya que le recuerda lo que tiene pendiente por hacer y la estrategia a seguir. Usted hace caso de ello y lo utiliza como motivación; usted se relaciona con ella como si se tratara de un ayudante valioso. ¿Qué pasaría si esa misma voz, cuando usted comenzara a relajarse, se volviera crítica de manera estridente gritándole que es un vago y que el cielo se le caerá encima si no vuelve al trabajo? ¿Le gusta entonces esa voz? ¿Qué le responde usted a eso? Como el común  de las personas, es probable que usted discuta internamente con la misma como lo haría con un jefe opresor. “¡Lárgate! ¿Es que no me vas a dejar descansar ni siquiera un minuto? ¡Cálmate!” O, sino, intentará usted sofocarla sentándose a ver televisión o a beber unas copas. La parte suya que desea obtener logros ejerce como un excelente sirviente, pero también como un terrible maestro de modo que se establecerá una relación de amor y odio con ella.”

Si las relaciones internas son disfuncionales, es posible que las relaciones externas también lo serán. De hecho, muchos de los comportamientos que aplicamos a nosotros mismos, también entran en juego con otras personas. Si yo tengo una relación de desprecio con mi parte p.ej. sumisa, es posible que critique también a las personas sumisas. Será difícil para mi reconocerla y aceptarla en mi, y es posible que entre en una lucha interna conmigo misma, la cual con facilidad puede convertirse en una lucha con otras personas. La terapia Gestalt enseña como ponerse en contacto con estas partes menos reconocidas para poder conocerlas, dialogar con ellas, equilibrarlas.

Schwartz lo explica con el ejemplo de la propia ansiedad que aparecía en situaciones de exposición ante un público. Siempre cuando tenía que hacer una exposición delante de la gente, se ponía ansioso, empezaba a temblar, sudar… lo cual alimentaba a la vez el pensamiento “Lo vas a hacer muy mal”, recordando situaciones de humillación que sufrió en el colegio. Tenía muchos motivos para considerar a su ansiedad una enemiga. Cuando decidió cambiar la relación con ella, lo cuenta de esta manera: “Ahora he aprendido a relacionarme con mi ansiedad de una forma tal que dichas situaciones han dejado de ser esos calvarios temibles para convertirse en desafíos interesantes. En vez de atacar o de ignorar dicha ansiedad, intento entrar en un estado de curiosidad, centrándome internamente en él y planteándole preguntas. Según voy centrándome en dicha sensación, observo que pareciera provenir de un nudo en mis entrañas de modo que centro allí mi atención a la vez que le pregunto internamente: “¿De qué tienes tanto miedo?” y luego espero tranquilamente su respuesta. Al cabo de unos segundos escucho una “voz” débil (en realidad, no se trata tanto de una voz sino que más bien de una cadena de pensamientos) que provienen de las oscuras profundidades de mi mente y me dicen: “Sé que voy a fallar y me voy a sentir avergonzado nuevamente”. Luego, vuelven a aparecer imágenes de mi pasado- escenas de lo que años atrás, había sucedido en el colegio. De repente me doy cuenta de que estoy pleno de empatía y afecto por ese niño tímido que, de manera pública y grave, había sido humillado por no estar lo suficientemente preparado. Conservo en mi mente a ese niño y le recuerdo que estoy a su lado y que no es él quien tiene que hacer la presentación. Le hago saber que, independientemente de lo que suceda, yo le quiero. Él se calma así inmediatamente mientras que yo siento cómo se deshace el nudo en mi estómago. Esta interacción dura menos de un minuto y ya puedo decir “Allá vamos”, pero esto se debe a que, hace algunos años atrás, pasé varias horas intentando conocer a aquella parte ansiosa que había en mí y cambiar la relación que tenía con ella. Ahora basta sólo un breve recordatorio”.

Cambiando la relación con las partes de nosotros mismos, podemos cambiar nuestra realidad. Podemos enterrar el hacha de guerra con nosotros mismos y empezar un nuevo capítulo en nuestra vida, relacionándonos con más tolerancia, comprensión y compasión. Eso va a crear más paz interior, más satisfacción con nosotros mismos, más autoestima y autorespeto. También es una base para tener unas buenas relaciones con los demás.

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